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| Imagen: outofedenproject |
Hoy llegó una alumna nueva. La mitad de la clase volteó a verla. Cruzó una mirada breve conmigo y siguió su camino, pero a mí me fue imposible despegar los ojos de sus caderas hasta que llegó a su asiento. Las mujeres también la vieron, sabiendo de antemano que su ego se convertiría en la pasarela por la que caminaría la recién llegada.
En el receso me acerqué a saludarla. Se había sentado en un rincón y no entablaba conversación con nadie, hasta que me vio llegar. Hice algo inusual en este caso: sonreí como un vendedor de dentífricos de puerta a puerta.
—Hola, mi nombre es Julián.
Un instante después me permitió sentarme a su lado y pasamos los siguientes minutos platicando cosas que con otra persona me hubiesen parecido triviales. Fue así cómo me enteré de que su nombre es Maricarmen y de que cuando me miraba a los ojos yo comenzaba a olvidarme del mío. Seguimos barajando temas sin sentido, hasta que, casi sin darnos cuenta, la conversación se deslizó por fondos distintos y la vi sonreír por primera vez desde que llegó. En un momento en el que parecía que habíamos logrado uno de esos ápices de intimidad, le pregunté si tenía novio. Ella me miró a los ojos, negando lentamente. Luego desvió la mirada, quitándole importancia al asunto, seguramente porque advirtió la extrañeza en mi rostro.
—Los hombres son unos idiotas —dio por toda explicación.
Me pregunté si ya se había dado cuenta de a quién se lo decía, pero preferí guardar silencio.
—Sólo piensan en sexo —continuó—. De repente miras a uno y no encuentras diferencia entre él y un lobo hambriento. Te comen con los ojos.
—A algunas chicas les gusta, supongo. Les eleva el ego —contesté, como el idiota que era.
A esas alturas de la conversación varios hombres se habían percatado del aparente triunfo de aquel competidor que se deshacía en cotilleos con la chica nueva, y me ametrallaron con la mirada. Ella los miró también.
—Ah, se me olvidaba que también parecen niños.
—Supongo que una chica agraciada como tú está acostumbrada a este tipo de cosas.
—Sí, pero eso no quiere decir que me guste del todo. A veces simplemente se antoja un contacto humano distinto. El sexo es algo que puede conseguirse incluso a la vuelta de la esquina. Pero, ¿y el cariño?
Ahogué una carcajada sin que se diera cuenta.
—Es un tanto raro oír eso para mí —dije, bajando la mirada—; creí que a esta edad eso ya había “pasado de moda”.
Me devolvió una mirada fría.
—Eres como todos —dijo y se incorporó de golpe, con dirección a la puerta del salón.
Oí algunos murmullos a mis espaldas. La seguí antes de que la dignidad que me había ganado se desmoronara por completo. La encontré apostada en una de las barandas del corredor, oteando el patio exterior; los ojos fijos en el horizonte.
—Lo siento —dije—, lo que menos quería era incomodar.
Me miró y me hizo una señal para que me acercase. Dudé un instante, pero finalmente me ubiqué a su lado.
—Lo siento también. No eres como todos. No debí juzgarte demasiado rápido.
La miré, confundido.
—Algo me dice que no eres así.
—Soy más idiota de lo que parezco —dije con una sonrisa.
Ella sonrió también.
—No. Lo que eres es un tonto. Desde que te vi me di cuenta de que eres demasiado tierno como para ser uno más del club.
Mientras más la escuchaba hablar, menos creía entenderla. No dije nada. Eché un vistazo al patio exterior, preguntándome cómo tenía que proceder los próximos minutos.
—¿Julián? —llamó.
Me volví.
—¿Quién te ha hecho tanto daño? —inquirió.
A mí nadie, pensé, pero parece que a ti sí.
—¿Por qué lo preguntas?
—Una persona herida sabe cuándo otra está en su misma condición. Tú llevas la tristeza en los ojos con letras gigantes. No me es difícil saber que te callas muchas cosas, consciente o inconscientemente —respondió.
Dejé escapar un suspiro.
—Yo no soy uno de mis temas favoritos, precisamente —dije.
—Lo sé. ¿Algún día te conoceré más?
La miré de nuevo.
—¿Y yo a ti?
—Sí.
—Entonces supongo que sí, también.
Se acercó más, sus ojos claros robándome palabras que no me había dado tiempo de articular.
—¿Sabes? Siento que ya te he visto antes. Incluso esto me parece un tanto familiar, como si lo hubiera soñado.
—¿Algo así como un déjà vu?
Asintió.
—Eso creo, aunque no descarto que en realidad se trate de una coincidencia —finalizó.
Le dediqué una sonrisa.
Minutos más tarde regresamos al salón, cada cual por su camino, cada cual más perdido que nunca y a la vez con esa sensación en el pecho de haber encontrado el lugar correcto. No quiero pensar ahora en lo que pueda pasar los días siguientes. Supongo que será otra historia. Pero estoy seguro de que, para la próxima vez, ya no seré un idiota, y ella ya no será tan nueva para mí, ni tan “recién llegada”, pero sí un tanto más cercana. Lo digo porque —y esto no se los he contado todavía—, cuando la vi sentí, de alguna forma, que no me parecía tan desconocida. ¿Por qué? Simple: yo también la había visto antes. En sueños. Sólo que recién conocía su nombre.
Dashten Geriott



