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| Imagen: gapyear |
Memoria de un monstruo
Lo había llamado Adán, en honor al primero de los hombres. Pero ni él era un
hombre ni su creador era Dios. No estaba hecho de barro, ni tan siquiera de carne y huesos.
Era un amasijo de cadáveres de hojalata, cables, circuitos y quién sabe qué más.
Nada más crearlo, su padre se había arrepentido. Había creado una abominación,
decía. La ciencia no debía intentar emular a Dios, decía. Pero todo lo que había hecho
Víctor era compararse con Dios. Dios había creado al hombre Adán y lo había expulsado
del paraíso. Víctor había creado al replicante Adán y lo había expulsado del mundo de
los hombres. Era una historia que se repetía. La diferencia estribaba en que Adán había
pecado al probar el fruto prohibido y él había pecado con su sola existencia.
Había también otra diferencia: Dios había sido piadoso con Adán y le había dado
una compañera, pero él no tenía a su Eva. Estaba solo. Y la soledad era horrible. Y lo
peor de todo es que era eterno. Para él no existiría muerte que lo aliviara. Estaba
condenado a una permanente soledad. Al menos, si pudiera morir, iría al infierno y estaría
en compañía de otros demonios, otros monstruos semejantes a él. Pero estaba solo y así
seguiría.
Al menos eso pensó. Pero mientras viviera Víctor, le quedaría un lazo con el
mundo. Quizá fue por eso por lo que empezó a matar. Había soportado que su padre lo
expulsara del mundo de los hombres, pero no podía soportar la vida sin una Eva. Si quería
que su micro dios le diera una esposa, tendría que demostrarle que la eternidad no
merecía la pena sin compañía.
Llegar a esa conclusión no fue fácil: primero había intentado integrarse por su
cuenta en el mundo de los hombres de barro, pero la humanidad le daba siempre la
espalda, desconfiada de su aspecto. Era un replicante y se notaba. Sentía el rechazo de
varones y mujeres en su presencia. No importaba cuánto hiciera por agradarles. El
resultado era siempre el mismo: ninguno lo consideraba su semejante. La belleza está en
el corazón, solía decir la gente del barro. Y él no tenía corazón. Pero, ¿qué era un corazón
sino una máquina que, al compás que se mueve, hace ruido? En realidad, hombre y
replicante eran una misma cosa.
Fue entonces cuando se dejó llevar por la cólera y empezaron los asesinatos. Barro
y metal eran una misma cosa, pero no tenían los mismos derechos. Por eso comenzó a
matar. Y le gustó.
El primero fue un niño, el hermano de Víctor. Saboreó la hiel de la muerte
mientras lo estrangulaba. La vida de la criatura se escapaba poco a poco. En el rostro
amoratado del niño se reflejaba el último aliento y al presionar su cuello, Adán podía
sentir el latir de las venas bajo sus dedos. No existían diferencias: el niño tenía un corazón
que latía y él pilotos que parpadeaban. Eran lo mismo. Pero el chiquillo tenía algo de lo
que él nunca gozaría: la paz de la ultratumba. Por eso lloró cuando la pequeña vida murió
en sus manos y depositó su cadáver en el suelo para cerrar sus ojos.
Una muerte sucedió a otra: al niño siguió la niñera Justine, a Justine siguió el leal
Clerval y a él, la bella Elisabeth. Ahora Víctor y él eran iguales, absolutamente idénticos:
sin esposa, sin amigos, solos. Ahora podría comprenderlo. Pero no lo hizo: Víctor prefirió
el camino de la venganza al del perdón.
Su Prometeo enloqueció y dedicó su vida a perseguirle. Quería destruirlo. Y Adán
se alegró: era la primera vez que alguien mostraba un interés real en él. Sabía que con el
tiempo lo entendería y se armó de paciencia para cuando llegara ese momento.
La carrera fue larga y el mundo fue su escenario. Lo persiguió día y noche, en
países cálidos y en países donde sólo hay nieve. Tardó treinta y tres años en alcanzarlo.
Para entonces, su micro dios ya era anciano, mientras él seguía joven en su eternidad
artificial. El encuentro fue tal y como Adán se lo había imaginado, entre el frío paisaje de
hielo, cuando ya Víctor estaba al borde de la muerte. Cuando al fin estuvieron frente a
frente, Adán le dijo:
—Dame paz.
Y su creador le respondió:
—La soledad me ha enseñado a comprenderte, hijo mío. Te perdono.
No fueron necesarias más palabras.
Adán lo acunó entre sus brazos hasta que expiró con un ligero suspiro en los
labios. Con el cuerpo del anciano micro dios entre sus brazos, Adán Hojalata lloró como
pudo haber llorado el Adán de barro al ser expulsado del Paraíso. Porque no hay nada
peor que la soledad tras la muerte de un padre, ni soledad más insoportable que la eterna.
Adán Hojalata se hundió un clavo en la mano izquierda y sintió dolor en los cables.
Aquello era la vida y la aceptaba, al fin. Cerró los ojos de Víctor Dios e hizo lo único que
era posible: se lanzó al mar helado con su creador en brazos y murió como replicante,
como inteligencia artificial y como el Adán de barro. La calma submarina congeló su
hojalata, inundó sus circuitos y le proporcionó la paz que nunca le daría ningún dios:
permanecer por siempre y para siempre como una estatua de hielo contemplando el rostro
del hombre de barro que lo había creado.
Noemí Hernández Muñoz



