El mejor amigo

El mejor amigo


Karina estaba más que harta de unos padres que no le dejaban ni respirar. Les había amenazado más de una vez con que un día se marcharía de casa y no le verían más el pelo. Ellos siempre le salían con la misma cantinela: "¿A dónde crees tú que vas a ir por la vida, si ni siquiera eres capaz de cumplir con tu única obligación, que es la de aprobar? ¡Mientras vivas con nosotros, tendrás que respetar las reglas de esta casa!"

"Ojalá todo el mundo fuera como tú", le hablaba al perro. Milú era el único que no le cuestionaba su manera de ser, y que siempre estaba dispuesto a recibirla sin ningún reproche. Era un Bichon Frisé pequeño, blanco y esponjoso, como una nube de algodón. Lo abrazaba cuando estaba triste, y encontraba consuelo acariciándolo y rascándole su pancita. Milú se dejaba hacer, e incluso parecía que entendía sus palabras cuando, muy bajito, le confesaba sus penas.

Una noche Karina decidió que había llegado el momento de liar el petate y marcharse. Recogió todo lo que consideró como imprescindible para la fuga y, dentro de una mochila mediana, lo guardó con sigilo, para que sus padres no la sintieran. Mientras empacaba sus bártulos Milú la observaba, como siempre sin decir nada, pero como si supiera lo que realmente estaba tramando. A la mañana siguiente, cuando sus padres se habían ya marchado al trabajo, les dejó escrita una nota para que no perdieran el tiempo en buscarla. Luego abrazó y se despidió de Milú con lágrimas en los ojos: "Creo que con papá y mamá estarás mejor". Lo depositó sobre el suelo, y salió por la puerta.

En el fondo, Karina intuía que Milú estaba fuera de lugar en aquella casa ocupada en la que tenía intención de buscar refugio. Había otros perros allí, pero eran muy diferentes a Milú. El suyo era, por qué no decirlo, demasiado blanquito y algodonoso como para sentirse bien allí. Lo único que le inquietaba ahora era que no habría forma de ver a Milú sin rendir cuentas a sus padres de dónde estaba alojada y con quién.

Aunque había estado muchas veces de visita en la casa ocupada, siempre había acudido de día, porque sus padres se ponían furiosos si regresaba tarde a casa. No imaginó Karina que en la casa ocupada hiciera tanto frío por la noche. No logró dormir nada bien, y eso que los compañeros le dejaron un par de mantas y un saco de dormir. Sólo encontró algo de consuelo cuando, ya por la mañana, desayunó un vaso caliente de leche con Cola Cao. Aún debía andar medio tiritando en el momento en que Luca hizo acto de presencia, porque nada más verla le ofreció su modesto apartamento para lo que quisiera: "No todos pasamos la noche aquí, no es necesario. Cuando termine la asamblea de esta tarde, puedes venir conmigo. Ya verás que donde vivo no es gran cosa, pero al menos, no hace tanto frío".

En parte y hasta cierto punto, las palabras del compañero Luca fueron sinceras: con algunas baldosas arrancadas, las ventanas desportilladas, o el techo resquebrajado, el apartamento no parecía gran cosa. Por otro lado, allí hacía tanto frío o más que en la casa ocupada. Mientras seguía explorando el territorio, Karina sopesó si sería buena idea quitarse el abrigo. Luca la sorprendió curioseando entre su montaña de libros, amontonados por el suelo y por todas partes. "Siéntate, si quieres, en ese sofá. Puedes quitarte el abrigo. Espera, ahora verás". Entonces él apareció con un radiador portátil, y con maneras de feriante dijo: "El mejor amigo del hombre. Y desde este momento, también de la mujer".

El radiador encendido vino a poner un poco de calor en aquella especie de hogar mal iluminado. El aparato era blanco, pequeño y callado; apenas se sentía el leve borboteo que salía de sus entrañas, sólo de vez en cuando, en el momento en que el aceite interno comenzaba a hervir. Luca cogió uno de los libros del montón, La conquista del pan, y leyó un párrafo al azar:

"Cada descubrimiento, cada progreso, cada aumento de la riqueza humana es el resultado del trabajo intelectual y físico hecho en el pasado y el presente. Así que, ¿por qué alguien puede tener derecho a la propiedad de la más pequeña parte de este enorme todo, y decir esto es mío, no tuyo?"

Después él le pasó el libro a ella y le dijo que se lo quedara, que lo fuera leyendo poco a poco. Karina admiraba a ese tipo, al compañero Luca, tan resuelto e inteligente. Aunque a todas luces le debía sacar lo menos quince años, se sentía atraído por él. Luca desapareció, y reapareció al momento con un par de cervezas y un poco de fiambre. "Es lo único que puedo ofrecerte esta noche. No imaginé que aceptaras la oferta que te hice esta mañana. Al menos tan pronto". Karina le sonrió.

El radiador, algo de marihuana, y unas cuantas cervezas adicionales, se encargaron de preparar el escenario perfecto. Karina se dejó llevar de la mano de aquel hombre, maduro y experto, que conocía bien los atajos del sexo a primera vista. Encima del sofá mugriento, follaron toda la noche del derecho y del revés, boca arriba y boca abajo, sin que a ella le preocupara demasiado su propia inexperiencia ni la edad de él.

Cuando despertaron, Karina se sentía satisfecha. Luca le mordió la oreja, y luego le susurró al oído: "¿Por qué alguien puede tener derecho a decir esto es mío, no tuyo?". Antes de partir hacia la casa ocupada, volvieron a hacer el amor.

Una noche Luca invitó a otra de las compañeras al apartamento. El mismo ritual de todas las noches tuvo lugar: cena frugal, cervezas, marihuana... Karina descubrió que no era tan libertaria como ella se creía, cuando no quiso compartir a Luca, ni tampoco al sofá, con aquella chica de apetitos tan carnales. Confusa y llena de rabia, secuestró el radiador y lo llevó consigo hasta el otro lado de la cordillera de libros. Pasó la noche entre lágrimas y sin poder dormir, escuchando los gimoteos descarnados de los dos amantes vecinos. Sintió la terrible necesidad de abrazar a Milú, pero sólo encontró cierto calor y consuelo cuando arrimó su cuerpo, todo lo más que pudo, al radiador.

Comenzó a recoger sus pertenencias en cuanto el amanecer empezó a colarse por los resquicicios de las ventanas. Sacó de su mochila el libro que Luca le había regalado. Casi a ciegas, buscó la cita que él le había recitado una y mil veces: "¿...alguien puede tener derecho a decir esto es mío, no tuyo?". Con un rotulador rojo que apareció por algún lugar, firmó al final de las líneas, su nombre bien grande para que fuera legible: "Karina". Arrancó la página, y recortó el pedazo en que habitaban juntos ahora el párrafo y su firma. Después de echarse la mochila al hombro, dejó aquel papelito sobre el promontorio impreciso que formaban los dos amantes, acurrucados por el frío en el sofá. Con determinación adolescente, arrampló con el radiador, el mejor amigo que había tenido en aquel apartamento. En compañía de su nueva amistad, se vio huyendo otra vez a través de una puerta, sin certeza alguna de hacia dónde regresar...

Miguel Ángel Salinas Gilabert