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Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi. Fue como un golpe dentro de mi estómago, pero fue un golpe agradable, como si algo dentro de mí se paralizara por unos segundos.
No era el tipo de chico del que todas las chicas sueñan. Él, él era diferente. Tenía un brillo en sus ojos, su cabello era largo y algo desalineado. Pero era perfecto —para mí es perfecto—.
Nunca había sentido esto al ver a un chico. Lo veía todas las mañanas en la explanada de la universidad. Lo observaba sin que me viera, lo miraba caminar; tenía un caminar especial. Todos los días esperaba saber algo de él. Sentía la necesidad de saber de él, sobre sus gustos, sus disgustos.
Hasta que un día supe su nombre. Hubo un momento en el que las hojas de mis cuadernos llené con su nombre (¡qué nombre!). Para mí era el nombre más hermoso, todo en él era hermoso. Ver su rostro en las mañanas alegraba mi día.
Él no sabía de mí. Yo era como un fantasma, una persona más, que en ninguna ocasión me miró —o eso pensaba—.
Pasaba a lado suyo para ver si sus hermosos ojos claros con aquel brillo especial me miraban. Pero mis intentos fallaron.
Llegó el día en el que ya no lo veía en la universidad. Se esfumó. Se fue. Dejé de saber de él.
Kimberly Mendez



