De héroes y princesas

De héroes y princesas

Imagen: Natalia Soto V.
Siempre me la pasé creyendo que era la damisela en apuros.
Pensaba que si lograba hundirme en la oscuridad vendría alguien a salvarme.
Que si levantaba los muros, estaría protegida de todo mal.
Pero nadie vino. Nunca.
Comencé a sospechar que terminaría pudriéndome en mi propia torre. Hasta que noté algo: la vida se me estaba escabullendo entre los dedos y yo no hacía nada para evitarlo. Que me estaba hundiendo en un pozo sin fondo y que nadie lanzaría jamás una escalera.
Me detuve y de golpe pensé: “¡Basta de esto!”. Machucándome y a llantos, logré salir de él con mis propias manos. Y cambié mi vestido impecable por uno lleno de tierra y lágrimas. Y aún así, se veía mejor. Porque había logrado tener una armadura, sin sacarme la tiara.
Y cuando salí a luchar, vi a muchos como yo. Principiantes, pero con heridas de guerras interiores. Personas que no tenían ni idea de qué era lo que se tenía que hacer, pero que sabían que se debía hacer algo. Novatos que sabían que estaba en ellos avanzar. Que era su deber recuperar la luz. No logré entender cómo lo hacían. ¿Acaso no tenían miedo? ¿Acaso no era mejor esperar a que alguien más viniera a hacer algo?
Sin embargo, fue ahí cuando algo dentro de mí hizo clic. Terminé dándome cuenta de que nadie vendría a rescatarme. Que si quería salvarme, no debía esperar a que viniera alguien más. Que si necesitaba una mano, primero debía empezar por ver qué era lo que yo podía hacer por mí. Siempre ha estado en mí. Soy mi propio héroe.
Que si quiero que algo salga bien no debo rezarle al universo para que lo logre. A la vida no hay que pedirle nada. Nunca. Muy por el contrario, hay que ser capaces de aceptar todo lo que ella nos da y ver qué se puede hacer con eso.
Parece injusto, ¿no? Ver que a otros les ha entregado tanto y nosotros acá, luchando para encontrar rayos de luz. No es tan así. Hay que abrir los ojos y reconocer que, aunque a algunos se las haya dado otras virtudes, nosotros también tenemos lo nuestro y valemos mucho.
Y no me hizo falta ninguna capa o tanque con desechos tóxicos para darme cuenta. Aunque el camino que me hizo descubrirlo fue duro, la cosa era mucho más sencilla: tenía que darme cuenta de que no podía pretender que alguien más viniera porque seguro que, como yo, ese alguien estaba en su propia lucha interna.
Y heme aquí. Tumbando mis propios muros. Luchando contra mi propia oscuridad. Descubriendo que las sonrisas valen tanto como las lágrimas. Dando esa mano que yo muchas veces necesité y nadie me dio, porque sé lo que se siente tratar de salir de un pozo ciego. (Yo lo logré por mi cuenta porque entendí que no era muy profundo, mas hay mucha gente allí fuera que estaría agradecido de que los ayudaras a salir).
Entendiendo que hay muchos como yo, que si se dejan los miedos atrás, pueden terminar convirtiéndose en una gran ayuda.
Comprendiendo que hay princesas y príncipes que pueden convertirse en héroes y heroínas, sin dejar caer su corona al suelo.

Moraleja: convertirte en esa persona que necesitaste que fuera a rescatarte en tus momentos más oscuros. Eso es lo que necesitás.

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