A veces siento que los años se mueven como lo hacen las máquinas de escribir.
Las recuerdas, ¿cierto?
Cuando estabas por llegar al final de la página, sonaba un timbre (que, siguiendo la metáfora, podría ser la Navidad), y luego de un par de caracteres más, debías desplazar el “carro” nuevamente a la izquierda (si es que no me equivoco) para poder continuar con la escritura.
Ir hacia la izquierda sería como volver a enero.
Pero, hay algo que el tiempo me ha enseñado, y es que los años no son como las líneas de una hoja en las que un mecanógrafo trabaja.
No es algo discontinuo. No es que se llega a un punto en el que sí o sí uno deba moverse a la izquierda para seguir. No hay una vuelta atrás.
Creo que sí se podría hacer la comparación con una rueda.
Sin inicio. Sin fin. Sin interrupciones.
Y eso es lo bello.
No hay un antes y un después.
Solamente un camino que simplemente se dirige hacia adelante. Con trastabilleos, crisis, bienvenidas y despedidas.
Agatha Christie dijo que la vida es una calle con sentido único.
Y como en una rueda no hay comienzo, creo que es uno quien tiene el poder de decidir dónde y cuándo empieza a contar su historia.
Juego de Palabras



