Martes 30 de agosto de 1997.
En el transcurso de los 165 días en los que esta enfermedad me atrapó, he comenzado a tener visiones. Experimento y tengo sueños extraños que, por la madrugada, hacen que despierte exactamente a las 3:40 a.m., inmóvil, aterrado, inerte; como si alguien intentara atraparme entre sus brazos sin darme oportunidad alguna de defenderme... La primera vez que esto sucedió, tuve oportunidad de alzar la vista hacia los lados y divisar a aquel extraño individuo de entre la oscuridad de mi desolada habitación. Tras una serie de sucesos entre las 3:40 a.m. y las 4:40 a.m. el extraño individuo aturde mi sistema auditivo con lo que parece ser un cierto tipo de hélice extraña que entrecorta el aire así rompiendo la barrera de la velocidad y el sonido entre la penumbra de mi cuarto.
Ya suficiente he soportado todo esto. El martes pasado mi médico me ha diagnosticado cáncer terminal. Pronto moriré —según mi médico en treinta días—. Ya no puedo más, es una mierda, no he hecho gran cosa realmente productiva con mi vida y, la dedicación constante de aquel individuo fantasma me aterra. Pronto moriré, ya poco me importa; al menos, ahora tengo compañía, la cual creo que no se alejará de mí, ni siquiera en el fin de mis días. Aunque no lo creas, querido hijo, el extraño individuo ha despertado en mí un cierto tipo de aprecio que aunque me aterre, no puedo dejarlo. Como bien me conoces —o lo poco que llegaste a conocerme—, sabrás que me apasiona el arte, la escultura y la buena música tanto como un cigarrillo para relajarme por la madrugada; y sí, está decidido, crearé una escultura, un monumento a ese extraño individuo fantasma en el jardín de mi tan difamada mansión. La llamaré "el fantasma de la madrugada", el monumento abarcará aproximadamente unos tres metros cuadrados de ancho y cinco de altura. Me llevará poco menos de un mes, aunque dadas mis condiciones, debo de esforzarme más, dado que soy unos de los mejores escultores, concluiré mi obra poco antes de morir.
Estoy enfermo, y no tengo el apoyo tuyo ni de tu madre, pero, este será mi legado, el legado que te dejaré a ti, querido hijo:
Tallar una escultura jamás creada ante miradas perplejas de desolación. Una escultura a aquel individuo fantasma, el cual no me ha dejado solo ni en la más oscura de mis noches.
Ya suficiente he soportado todo esto. El martes pasado mi médico me ha diagnosticado cáncer terminal. Pronto moriré —según mi médico en treinta días—. Ya no puedo más, es una mierda, no he hecho gran cosa realmente productiva con mi vida y, la dedicación constante de aquel individuo fantasma me aterra. Pronto moriré, ya poco me importa; al menos, ahora tengo compañía, la cual creo que no se alejará de mí, ni siquiera en el fin de mis días. Aunque no lo creas, querido hijo, el extraño individuo ha despertado en mí un cierto tipo de aprecio que aunque me aterre, no puedo dejarlo. Como bien me conoces —o lo poco que llegaste a conocerme—, sabrás que me apasiona el arte, la escultura y la buena música tanto como un cigarrillo para relajarme por la madrugada; y sí, está decidido, crearé una escultura, un monumento a ese extraño individuo fantasma en el jardín de mi tan difamada mansión. La llamaré "el fantasma de la madrugada", el monumento abarcará aproximadamente unos tres metros cuadrados de ancho y cinco de altura. Me llevará poco menos de un mes, aunque dadas mis condiciones, debo de esforzarme más, dado que soy unos de los mejores escultores, concluiré mi obra poco antes de morir.
Estoy enfermo, y no tengo el apoyo tuyo ni de tu madre, pero, este será mi legado, el legado que te dejaré a ti, querido hijo:
Tallar una escultura jamás creada ante miradas perplejas de desolación. Una escultura a aquel individuo fantasma, el cual no me ha dejado solo ni en la más oscura de mis noches.
Te quiero, hijo.
Relatos de una Guatemala en constante amor y desamor (fragmento)
Pablo Barrios



