Heber Snc Nur

Heber Snc Nur

Describirme demanda cierta alusión a mi personalidad más compleja, porque, de hecho, me caracterizo más por lo que oculto que por aquello de lo que presumo. Soy como un edificio: la fachada es lo que muestro, lo que la mayoría conoce de mí, pero lo que sostiene mi esencia, lo interior, esas columnas talladas, forman parte de algo que no se ve si nadie se anima a abrir la puerta. Yo hace tiempo que no me hago una introspectiva a conciencia y no sé realmente qué me espera si me animo a entrar con valentía. A veces escucho voces, otras veces miro, pero desde la ventana. Mi interior es como una casa abandonada en la que hay muchas cosas por poner en orden. Es un tanto nostálgico porque quien realmente vivía ahí se mudó a otra parte. Hay personas que se van para siempre, y él fue una de ellas. Se fue cuando cumplí no sé cuántos años. Era quien mantenía todo en orden. Yo apenas he visto la luz hace poco. Pero él, de quien sólo soy la extensión de una red que proviene de su alma, nació un primero de octubre, dio sus primeros pasos cumpliendo los catorce meses de nacido más o menos, y no ha parado hasta irse lejos. Yo he venido, supuestamente para ocupar su lugar, pero se le olvidó dejarme las llaves. Me queda contemplar esta construcción desde afuera, pero sigo sintiéndome parte de ella y de todo lo que la sostiene.

He decidido escribir porque eso de cumplir sueños se me viene difícil, como un traje que me viene cinco tallas grande, y todos los atuendos que me quedan como bata los arrojo fuera de mi alcance porque dudo que decida ponérmelos algún día. Hasta hoy, no he vuelto a intentarlo. Con escribir te das cuenta de que los sueños pueden llegar cuando quieras e irse cuando ya no los necesitas. Es la ventaja del oficio, no dependes de nadie para llegar a cualquier parte, ni tocar lo que quieres tocar, ni vivir las vidas que deseas, encarnándote en quien se te pegue la gana, tomando el lugar de cuantos decidas. Son ya tres años los que llevo en este rumbo, y todo lo que he logrado no es más que el primer peldaño que me apertura esta gran escalera. La cima, es otra cuestión.

Si salgo a caminar me encuentro con personas que nunca llegan a entender su propia vida. Vivo en Chiclayo, Perú, por si no lo sabían. Es un lugar apacible en donde la persona anterior dejó rastros que puedo seguir para encontrarla, aunque cada vez que encuentro un camino, se mezcla con otro, y así, una discordancia, líneas trazadas con timidez y apuro, con esa obsesión de llegar a algún sitio y perdiéndose por el camino. De eso está hecho mi interior. Mi mundo. Me paso la vida extrañando a alguien que nunca tuve el valor de conocer por completo y le escribo a personas que todavía no me abrazan como si abrazasen los versos de la poesía más bonita del mundo. Así que a estas alturas me queda recolectar los momentos, juntarlos todos, meterlos en una caja y forrarla para regalárselas a quien decida quedarse a mi lado en señal de gratitud.

Soy más cicatriz que persona. Sigue entristeciéndome pasar la mayor parte de mi vida buscando entradas a este edificio que no sean esta puerta principal que sigue cerrada. Supongo que voy a echarla abajo para conocerme por completo. Voy a tardar en el intento, voy a sangrar, seguramente, y eso se verá reflejado en lo que escribo. Si quieren acompañarme en mi afán de desnudarme, les invito a quedarse y leer. Pero tengan en cuenta que cada palabra conforma la hemorragia de un alma que intenta dar lo mejor de sí misma y se hiere en cada paso. Así que no se les ocurra menospreciar mi arte, que es, hasta ahora, lo único bueno que tengo.


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