A veces miro a mis amigos y, luego de algunas conversaciones, me pregunto por qué les ha tocado esa fatídica suerte en el amor. Cuando conoces a alguien y lo miras de cerca comprendes que hay más de un mundo detrás de esas pupilas dilatadas, y que todos, por más peligros que signifiquen, valen la pena conocer.
Al escucharlos me pregunto quién fue capaz de herirlos de esa manera y por qué. Si no se dieron cuenta de lo afortunadas que han sido o simplemente les dio igual. He aprendido a apreciar a aquellas personas que me acompañan y suelo pensar que gran parte de mis amigos merecen a alguien que los valore, porque, si una se dispone a escucharlos, simplemente quedaría maravillada de tal sensibilidad. En la sociedad que me ha tocado en suerte rara vez encuentras a alguien así, atento, caballero, pero con una seguridad en sí mismo que, simplemente, y sin ir más lejos, enamora.
Yo tengo esa clase de amigos de los que podrías enamorarte, y es lamentable y triste verlos así, solos, escribiendo de amores invisibles y musas lejanas. Aunque son fuertes, claro, y ellos insisten en que para el amor hay tiempo y, si de fracasos se trata, sólo se han adelantado y esperan pacientes ahora hasta que alguien mejor venga a sus vidas. Lo curioso es que mientras pasa el tiempo y se dedican a alcanzar sus metas, se vuelven más inalcanzables; quiero decir, se convierten en esa clase de chicos que están por sobre muchos, y eso se ve sólo si valoras la personalidad como tiendes a valorar el físico (porque, he de agregar, que también son muy guapos). Y no se merecen a cualquiera, estoy segura. Ellos han sufrido y luchado demasiado para que cualquier chica, de buenas a primeras, piense que se los merece.
Beatriz Allca



