Esa paz que hoy no existe

Esa paz que hoy no existe

Haces falta
dentro de esta canción,
y de aquella,
y de todas esas que hablan de nosotros.
Las canciones que escuchábamos juntos.
Un audífono cada uno,
mitad de vida compartida,
esa eternidad que parecía que era para los dos.

Haces falta
al lado izquierdo de mi cama,
tus uñas ya no me dejan recuerdos,
y por las noches duermo pensando en qué imbécil
podría estar quitándote la ropa
y si todavía
caminas sola por la calle.

Es duro aceptar que para esto de las relaciones
fuimos como un par de ejercicios de matemáticas.
¿Lo entiendes?
Nosotros,
que somos de letras
y que se nos da fatal eso de buscar respuestas aplicando no se qué teorema de un tal Pitágoras
cuando lo que moríamos por hacer era callarnos y hundirnos
en la vida del otro
sabiendo que no necesitábamos respuestas
y que la vida era mejor si vivías con la incógnita permanente
de no saber ni en qué momento de pronto
sientes que a tu vida la complementa otra persona.

Tú eras la vida que me faltaba,
la misma que tuve durante unas horas,
la misma que se fue como se van los días
cuando ya no le encuentras ningún maldito sentido a tu existencia.
Y entonces pasas preguntándote
de qué otra forma es posible olvidar o, cuanto mejor, evitar recordar
el olor de esa persona cuando sale de la ducha
o cuando está apunto de salir y no sabes cómo decirle
que no se tarde mucho.
Que estarás esperándola toda la vida
o que al menos intentarás esperarla por el resto de la suya.
Te juro que lo he hecho, sólo que nunca te lo dije,
como no te dije tampoco que te veías preciosa sonrojándote,
o cuando me sacabas a bailar y yo no me sabía los pasos,
cuando estabas y no cuando faltabas,
cuando siempre sabías encontrarle un sentido a todo
y me dejabas volar la imaginación con ese jersey que te quedaba a medio muslo;
pero sobre todo
eras preciosa estrenando vestidos
que luego iban a parar a un costado de la cama
mientras el mundo daba vueltas
y te miraba con tristeza
porque también quería hacerte suya
y también quería que le dieras placer.

Pero aquel momento eras mía,
y mis manos te recorrían como dándote las gracias,
como quien acaricia un milagro,
como quien vuelve a creer en la magia.

Te veías preciosa maquillándote,
o cuando me decías que cantabas horrible
después de haber dado un concierto hermoso en la ducha;
es que, vamos,
eras vida,
luz, y todo lo que tocabas se reconstruía,
todo lo que hacías era lo mismo que le hacía falta a este mundo.

Por eso será que hoy pienso que si no estás
estoy roto.
No me siento así.
De hecho, no sé cómo me siento;
sólo sé que estoy algo vacío,
decaído, depresivo,
que es como debe sentirse el perder a alguien
en cuyos abrazos encontraste las puertas a esa paz que hoy no existe.

Antes me hubiera ido también,
y hubiese dedicado horas a refugiarme en brazos de cualquiera,
pero hoy sé que sólo encontraría las escaleras que descienden hacia la demencia,
la guerra, lo pasajero, esa paz que nunca dura, y esas promesas que
sólo me sirven para darme cuenta del daño que me hago
al no ir a por ti, traerte de vuelta,
decirte que lo siento,
que te necesito
y que estoy dispuesto a pagar cualquier precio
con tal de no soportar aquel silencio.

Y que sepas que de entre todas
yo nunca te elegí,
porque tú nunca fuiste una opción.
Tú fuiste siempre
una prioridad.

Dashten Geriott

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