Lo peor de extrañarte es que dejo de ser yo mismo y me convierto en alguien a quien la realidad le queda muy grande, y no quiere ponérsela. Lo malo de que estés aquí es que nunca estarás lo suficientemente cerca para acallar mis ganas de hacerte mía, pero es peor cuando estás allá, y sea donde fuere que te encuentres, nunca estarás tan lejos como para que deje de esperar a la próxima vez para verte. Para decirte que a veces sólo necesito de una maldita razón para volver a creer en ti, y que lo demás son adornos innecesarios. Que sin ti me siento el punto de encuentro una profunda tristeza. Y que sin importar cuánto lo intente, nunca voy a dejar de tenerle vértigo a esa altura de la que ya hemos caído. Todavía escucho los ecos de las promesas que nos hicimos aquel día cuando éramos incapaces de imaginar un futuro lejos de nosotros. Nadie sabe que, a pesar de saber que las promesas pocas veces se cumplen, cuando hacemos o recibimos una tenemos la esperanza de que sea diferente. He comprendido que cuando dejas ir a alguien, en el fondo, esperas que se de cuenta de que se ha olvidado de ti, y vuelva para llevarte consigo, porque no se imagina un futuro en el que no formes parte de él. Tuvo que ser diferente si se trataba de ti. O de nosotros. Porque yo tampoco he dejado de ser un cobarde; porque aún le tengo miedo a los precipicios; y porque todavía soy incapaz de conseguir una salida que no me lleve de nuevo a tus brazos a llorar como un niño que sabe que hace las cosas mal, pero que eso no significa que sepa hacerlas bien. No me he molestado en alcanzar la superficie, después de todo. He terminado tocando tantas veces el mismo fondo que ya me acostumbré a estar aquí sin que nadie se haya percatado de que afuera, arriba, quien se calla muchas cosas no es porque no sepa decirlas, sino porque si las dice va a sentirse indefenso tras darse cuenta de que ahora el mundo sabrá golpearle donde más le duele. Yo me desnudé delante de ti, te hice conocer las cicatrices de mis mejores y peores recuerdos, te di la oportunidad de sanar alguna, y me hiciste volar. Me subiste a uno de esos sueños con alas propias e hiciste que me sintiera invencible. Éramos los dos y no importaba nada, maldita sea. Nada. No te asombre que ahora le tenga fobia a las alturas. Que haya decidido encerrarme tras las rejas de un orgullo que utilizo como autodefensa. Y mientras escribo, sintiéndome un reportero que narra el accidente de dos cuerpos que nunca llegaron a tocarse. He perdido a la persona más importante de mi vida. ¿Cómo mierda se sobrevive a eso?
Dashten Geriott




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